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Vangoura un viaje eterno

Vangoura acaba de lanzar 'Un viaje eterno', su nuevo álbum disponible en plataformas digitales, y con él el dúo madrileño firma un trabajo que convierte el deseo de creer por amor en el hilo emocional de once canciones marcadas por la duda, la espiritualidad y los vínculos que las inspiran. El disco, producido por Paco Salazar, suena a pop luminoso con estribillos amplios, pero mira hacia lugares más frágiles: el miedo, la pérdida, los cuidados, la necesidad de creer en algo y todo aquello que empieza a importar cuando aparece ligado a las personas que quieres. Hay en este álbum algo de confesión a medias, de esas preguntas que no se atreven a formularse en voz alta pero que en la música encuentran su cauce natural.

Vangoura ha escrito un disco de amor desde un lugar poco habitual: la duda de quien no cree del todo, pero tampoco puede apartar la mirada de la fe que sostiene a las personas que quiere. No es un disco religioso ni un disco sobre la religión. Tampoco una colección de canciones que pretendan resolver preguntas que, probablemente, nadie puede resolver del todo. 'Un viaje eterno' habla de amor antes que de fe: del amor hacia personas que viven la espiritualidad con una naturalidad que, vista desde la duda, acaba abriendo un lugar inesperado. El álbum nace en ese punto en el que algo que durante años pudo generar distancia empieza a mirarse de otra manera porque aparece ligado a las personas que quieres. Ahí se construye el corazón del álbum: no desde la doctrina, sino desde el afecto; no desde la certeza, sino desde el deseo de comprender, acompañar y, por momentos, entrar en aquello que para otros funciona como refugio.

El tema que mejor resume ese centro es 'Yo quisiera', la canción foco del álbum. "Yo quisiera ver el mismo cielo que tú, verlo a tu manera", cantan las voces del dúo con una claridad que no necesita explicación. Ahí está buena parte del disco: no en la afirmación de una fe propia, sino en el deseo de alcanzar la serenidad de quien la tiene. En querer ser valiente de la misma manera. En mirar hacia delante y desear no sentir miedo ante aquello que otros nombran con más calma. Vangoura escribe desde ese lugar incómodo y reconocible: el de quien no puede creer del todo, pero tampoco quiere burlarse de aquello que para los demás es consuelo. Los singles publicados hasta ahora habían ido abriendo esa lectura por capas. 'Tu reflejo' fue el momento en que el conflicto central del disco se mostró con claridad: la espiritualidad filtrada a través del otro, la mirada de alguien capaz de ampliar la propia, la posibilidad de que algo que no se vive como certeza empiece a afectar cuando aparece ligado al amor. Aquella canción convertía la tensión entre la duda propia y la fe ajena en épica indie-pop, situando esa fricción en el terreno de la emoción.

Después llegó 'Primera clase', junto a La Milagrosa, y el disco enseñó otra cara: menos pregunta y más refugio, menos vértigo y más permanencia. Una canción sobre la gratitud de encontrar a alguien que cambia la escala de las cosas y hace que lo cotidiano vuelva a parecer habitable. "Convertiste en interesante todo lo que hasta ayer no era importante", resumía bien esa sensación de entrada. Dentro del álbum, 'Primera clase' cumple una función importante: recuerda que el amor no es aquí una idea abstracta, sino una experiencia concreta. Alguien que ordena el ruido. Algo que quieres guardar. Una felicidad que solo pide 'que esto dure más que lo demás'. El resto del álbum amplía ese mapa sin perder el centro. En canciones como 'Un lugar para ti', 'Ojalá tengas razón' o 'El cielo del que hablas', 'Un viaje eterno' se acerca a la muerte y a la posibilidad de que haya algo después, pero siempre desde el vínculo. No importa tanto resolver la pregunta como imaginar que, si existe ese lugar, también habrá sitio para quien se quiere.

También hay miedo, aunque a veces aparezca negado. '(No) tengo miedo' trabaja precisamente esa contradicción: decir que no se teme morir, fallar, elegir o decir la verdad mientras algo por dentro tiembla. En un disco atravesado por la espiritualidad desde la duda, el miedo no aparece como un obstáculo, sino como una de las razones por las que alguien puede desear una certeza, aunque sea prestada, aunque sea momentánea. Algo parecido ocurre en '500 grados', donde la entrega se vuelve casi física: estar para alguien incluso cuando alrededor todo parece arder. La posibilidad de rezar, incluso desde quien no se reconoce en esa práctica, aparece ahí como gesto extremo de cuidado: 'Rezaría solo por ti'. No hay impostura en esa imagen; hay desesperación, amor y la promesa de no abandonar.

En 'Providencia' e 'Improbables', el disco deja entrar otra forma de asombro. No se trata de aceptar una explicación cerrada, sino de admitir que algunas coincidencias, algunos encuentros y algunas formas de encajar resultan difíciles de reducir al puro azar. Vangoura no convierte esa intuición en una afirmación espiritual, pero tampoco la desprecia. La deja existir dentro de la canción. Esa es una de las virtudes de 'Un viaje eterno': no necesita decidir del todo entre creer o no creer. Prefiere quedarse en el lugar donde la pregunta late, está viva. El tramo final del álbum vuelve a la fragilidad con 'La superficie' y 'El cielo del que hablas'. La primera mira hacia el naufragio, hacia la posibilidad de salir de un lugar oscuro y querer volver a encontrarse con alguien al otro lado. La segunda cierra el disco desde la pregunta más directa: cómo será ese lugar del que habla quien cree, si allí habrá memoria, cuerpo, abrazo, conciencia o tiempo. De nuevo, vangoura evita la respuesta cerrada. Lo que deja es algo más sencillo y quizá más verdadero: 'no es lo mismo vivir que respirar'.

Musicalmente, Paco Salazar produce un álbum que mantiene el pulso melódico del dúo, su gusto por los estribillos amplios y una luminosidad que ya estaba en sus adelantos. Las canciones crecen, tienen cuerpo y miran al directo, pero no pierden de vista lo que las sostiene: el amor, la duda y el deseo de creer por amor. Las guitarras acústicas aportan calidez, los sintetizadores añaden texturas atmosféricas, y las voces, siempre en primer plano, sostienen la emoción sin necesidad de artificios. El resultado es un pop luminoso pero no ingenuo, reflexivo pero no pesado, que invita tanto a la escucha atenta como al canto compartido en los conciertos que el dúo tiene programados por toda España.

Vangoura no ha escrito un disco sobre la fe, sino sobre lo que la fe puede mover cuando aparece dentro de una historia de amor, de familia, de amistad o de pérdida. No hay púlpito, ni cinismo, ni voluntad de resolver lo irresoluble. Hay canciones que nacen de mirar algo que no se entiende del todo, pero que importa demasiado como para apartar la mirada. Canciones reflexivas, luminosas por momentos, frágiles en otros, que hablan de amor correspondido, de protección, de temores, de anhelos y de dudas que cualquiera puede reconocer en algún punto de su vida. Con 'Un viaje eterno', el dúo madrileño culmina el relato que empezó a desplegar con sus últimos adelantos y lo convierte en un álbum completo, de cuerpo y de fondo. Un disco de amor, por encima de todo. Pero también un disco sobre la necesidad de creer en algo cuando la vida duele, sobre la tentación de hacer propio aquello que sostiene a quienes queremos y sobre la esperanza, casi dicha en voz baja, de que tal vez tengan razón. El deseo de creer por amor no aparece aquí como una frase bonita, sino como el motor de once canciones que encuentran en la duda un lugar desde el que seguir mirando.

'Un viaje eterno' ya está disponible en plataformas digitales, y el dúo madrileño presenta el disco en directo en una gira que incluye fechas en Valencia, Zamora, Benicàssim, Madrid, Sevilla, Bilbao y muchas más ciudades. Un álbum para los que han mirado la fe desde fuera pero han aprendido a quererla porque alguien importante la habita, para todos aquellos que entienden que a veces la pregunta más honesta no es '¿existe?', sino '¿y si tuviera razón quien quiero?'.

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